Este es mi Hijo amado, en quien me complazco

Enero 12, 2020

Mateo 3: 13-17

Fiesta del Bautismo del Señor

 

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos celebramos hoy la fiesta del Bautismo de Jesús que pone punto final al tiempo de Navidad. Los Evangelios lo sitúan como la bisagra que se sitúa entre un antes y el después. El tiempo antes del Bautismo suponemos que fue vivido con su familia en la evolución normal de cualquier persona de aquel tiempo.

Según la tradición Jesús muere en la cruz con 33 años. Si le restamos los tres años de la vida pública que relatan – más o menos – los Evangelios, se podría decir que se bautizó a los 30 años. Eso nos habla de mucho tiempo de vida “normal”, “ordinaria”.

Pero algo debió suceder para que Jesús se acercase a Juan y le pidiese que le bautizase. Ese algo fue sin duda parte de un proceso en el que Jesús toma conciencia de su misión. Desde nuestra fe confesamos que Jesús era Dios, pero también que era plenamente hombre.

Por tanto, debió pasar por los procesos ordinarios de reflexión y discernimiento hasta darse cuenta de que su vocación, su llamada, no era a pasarse la vida repitiendo lo mismo que había hecho su padre, José.

Lo suyo no era ser artesano. En ese momento Jesús descubre su vocación y se redescubre a sí mismo. Su experiencia de sentirse Hijo le lleva a darse cuenta de que su misión consiste en anunciar a todo el mundo la buena nueva de la salvación.

Si ese proceso fue largo o corto en el tiempo, no nos importa mucho. Los evangelistas lo condensan en este momento del Bautismo con la imagen de la paloma que simboliza al Espíritu de Dios y con las palabras del cielo: “Este es mi hijo amado en quien me complazco.”

Más importante que imaginar a Jesús acercándose a Juan para pedirle el bautismo o imaginar la paloma del Espíritu posándose sobre su cabeza, es reflexionar sobre la misión recién asumida por Jesús.

Es una misión que le lleva a dejar todo y a comenzar una vida nueva. Familia, trabajo, amigos, todo queda atrás. En adelante su madre y sus hermanos serán los que escuchan la Palabra de Dios. Su familia serán todos los hombres y mujeres porque todos son amados por Dios. La familia es la familia del Reino.

El libro de Isaías nos da las claves desde las que los evangelistas interpretaron la misión de Jesús. Será el mesías esperado, pero no de la forma ni con el estilo que lo esperaban los israelitas de su tiempo. No viene a imponerse con un ejército. No trae la liberación política – aunque su mensaje tiene increíbles consecuencias políticas. No invade las conciencias. El mensaje de la buena nueva es un mensaje amable, que respeta a las personas y su libertad.

Se dirige de una manera especial a los que sufren, a los marginados, a los que están sometidos a la injusticia. El mensaje del reino promete la libertad y la plenitud de la vida en el marco de la familia de Dios. Es luz para los ciegos, libertad para los cautivos. Es justicia para todos. Y siempre atento al detalle y a lo que cada persona necesita.  Lo suyo es sanar, no matar. Curar, no herir. Dar vida, no condenar. Lo suyo es salvar, reconciliar, perdonar, dar esperanza. El que tenga oídos para oír que oiga.

Quizá por eso, años después, cuando Pedro proclama la buena nueva a los judíos y les tiene que hablar de Jesús, les dice que estaba “ungido por Dios con la fuera del Espíritu” y que “pasó haciendo el bien … porque Dios estaba con él”. Hacer el bien, curar, son los signos que ofrece Pedro a su auditorio para demostrar que Jesús era la viva presencia de Dios entre nosotros.

El Bautismo marcó un antes y un después en la vida de Jesús. A partir de él “pasó haciendo el bien”. Ese debería ser el principal distintivo por el que se nos debería conocer a sus discípulos. Como Jesús nos hemos bautizado, el Espíritu se ha posado sobre nosotros. Ahora nos queda vivir como Jesús: haciendo el bien y curando de todo dolor a los que nos encontramos en nuestro camino. Así verán que Dios está con nosotros.

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