Estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el hijo del hombre

Diciembre 1, 2019

1˚ Domingo de Adviento

Mateo 24: 37-44

 

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos en la vida nos encontramos a menudo con esperas y esperas. No es lo mismo la espera del padre que en la sala de un hospital aguarda que le comuniquen el nacimiento de su hijo que la del soldado que en la trinchera aguarda el comienzo de la batalla.

Con este domingo damos inicio al tiempo de Adviento. Comienza así un nuevo año litúrgico que nos da la oportunidad de domingo a domingo volver a meditar los grandes misterios de la vida de nuestro señor Jesucristo, que es el centro, el Alfa y la Omega, el principio y el fin de nuestra fe.

Si seguimos aquí, si somos miembros de la comunidad creyente es porque la figura de Jesús sigue estando en el centro de nuestros pensamientos. Y su reino es el sueño que anima nuestro compromiso. Y su Padre nos hace sentirnos miembros de la misma familia de Jesús y hermanos de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo. Y su Espíritu lo sentimos dentro de nosotros, animando nuestra vida, impulsando nuestros esfuerzos por crear fraternidad y vencer al odio y la violencia que demasiadas veces nos hacen hundirnos en el barro de la historia.

El Adviento es ese tiempo que nos dispone para celebrar la Navidad, para darnos cuenta de lo que celebramos y vivimos, para que llegue a lo más hondo de nuestro corazón y entendimiento el misterio de un Dios hecho niño en un pesebre.  Por esto la invitación a estar en vela por parte del evangelio de hoy no es para estar preparados ante el desastre final sino para disfrutar en comunidad de una espera que es casi tan alegre y gozosa como la misma celebración del hecho. En esta espera anticipamos la realidad que viene, la presencia de Dios entre nosotros. En la espera nos permitimos soñar con un mundo diferente. Y ese sueño transforma ya nuestra manera de comportarnos, nos hace vivir de otra manera.

En esta espera las palabras de Isaías nos animan a salir caminando hacia el monte del Señor. Es como si el Espíritu de Dios nos convocara a salir de las iglesias, de nuestras casas, a marchar por la calle anunciando a todos el gozo que se avecina. Va a nacer Jesús, será el árbitro de las naciones. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.

Es el más viejo sueño de la humanidad que se observa ya en el horizonte, o sea la paz, la felicidad, el bienestar para todos. Y nosotros sabemos que ese sueño se va a hacer realidad. Se ha hecho ya realidad en Jesús, cuyo nacimiento nos preparamos a celebrar. Por eso, como afirma san Pablo, es hora de despertarnos del sueño. O de las pesadillas en que a veces estamos tan metidos que no vemos la luz del Señor en el horizonte. La realidad es que la noche está avanzada y el día se echa encima. Hay que levantarse, desperezarse, salir de casa y ponerse trabajar por un mundo mejor.

Es lo mismo que nos dice el Evangelio de este domingo: ya está cerca algo tan importante que va a cambiar nuestra vida cotidiana. Hasta ahora la gente comía, bebía y se casaba. Ahora viene algo nuevo que va a dar un nuevo sentido a todo lo que hacemos.

Lo que viene es la presencia novedosa del Espíritu de Dios, la irrupción de la gracia de Dios que, como un torrente, inunda nuestro presente y nos hace vivir de otra manera: bajo la luz de la misericordia, la reconciliación, el perdón, la comprensión. En definitiva, bajo el inmenso paraguas del amor de Dios que desea la vida de todas sus criaturas. Por eso hay que estar preparados, en vigilia, y ya desde ahora gozar de esa presencia.

Es tiempo de disfrutar y de gozar con la preparación de este gran acontecimiento. No es tiempo de angustia sino de revitalizar la esperanza y educar nuestra mirada a través de los ojos de Cristo que es luz, paz y discernimiento. Si permanecemos despiertos sabremos reconocer y leer el paso de Dios por la historia y por nuestras vidas

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