Hoy estarás conmigo en el paraíso

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Noviembre 24, 2019

Lucas 23: 35-43

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos: llegamos al último domingo del año litúrgico en el que celebramos la solemnidad de Cristo Rey. La liturgia nos dice así, gráficamente, que al final Dios, el Bien, la Verdad, la Justicia y la Vida triunfarán sobre las aparentemente invencibles e insuperables fuerzas del mal, la mentira, la injusticia y la muerte. Y esa victoria, pese a todas las apariencias, está ya operando en la historia. La Iglesia y la liturgia, al decirnos que Jesús es Rey y que ha vencido, nos presentan una imagen de esta realeza y su victoria que no puede dar lugar a equívocos o asimilaciones.

Si ser proclamado rey significa ser enaltecido y elevado, es claro que la “elevación” de Jesús es de un género completamente distinto. Si la exaltación significa ponerse por encima de los demás, en Jesús significa, al contrario, abajarse, humillarse, tomar la condición de esclavo. Jesús no es un rey que se pone por encima, sino que se hace igual, asume nuestra misma carne y sangre, nuestra fragilidad y vulnerabilidad.

Por eso mismo, lejos de imponerse y someter a los demás con fuerza y poder, él mismo se somete, se ofrece, se entrega. Y ahora podemos comprender un nuevo rasgo original y exclusivo de la realeza de Cristo: pese a ser el único rey por derecho propio, es, al mismo tiempo, el más democrático, porque Jesús es rey sólo para aquellos que lo quieren aceptar como tal. Y todos los que aceptan a Jesús como Rey y creen en su victoria sin escandalizarse del trono de la cruz no se hacen súbditos ni siervos, sino que, al contrario, adquieren la plena libertad.

Porque la victoria de Cristo no es sobre nadie, no hay aquí derrotados y sometidos, sino que es la victoria sobre el pecado y la muerte y, por eso, a favor de todos. Siendo rey por derecho propio Jesús ha conquistado una realeza que, gracias a ser de su misma carne, nos alcanza a todos. Y esta es la carta de ciudadanía y libertad que adquirimos cuando libremente aceptamos a este rey: la redención, el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y con todos los seres.

En realidad, al aceptar a este extraño rey victorioso sobre el trono de la cruz, además de ciudadanos del Reino, nos convertimos nosotros mismos en reyes. Pero, claro, reyes como este rey que se abaja para servir, que se ofrece por el bien de los demás, que se entrega sin imponerse, pues lo que está dispuesto a entregar es la propia vida. Podemos hacerlo de muchas maneras: como las mujeres de Jerusalén que se apiaden del que sufre, o como las otras que lo seguían desde Galilea y están con él en las duras y en las maduras, o como José de Arimatea o el centurión, que confiesan sin temor al ambiente hostil y peligroso; o como el buen ladrón, que se engancha al Reino en el último momento … Pero lo importante es que, al hacerlo, nosotros mismos, todos, cada uno según su circunstancia biográfica y su particular vocación, nos convertimos en reyes porque nos hacemos imágenes visibles de ese rey que a su vez es imagen del Dios invisible. Y como la más profunda verdad del hombre es ser imagen de Dios, por este camino llegamos a ser plenamente lo que somos.

El Reino del que habla Jesús no es de este mundo, pero no es ajeno a este mundo. En la respuesta a la petición del buen ladrón Jesús no hace como los burócratas de reinos y repúblicas, que remandan la petición, sino que atiende la solicitud inmediatamente: “hoy” estarás conmigo.

Ese “hoy” quiere decir que el Reino de Dios, el reinado de Cristo, ya ha empezado, precisamente en la Cruz. Y nosotros, que oramos cada día para que ese Reino venga a nosotros, podemos estar en él ya, hoy; a veces junto a la cruz, pero siempre en la esperanza de gozar después, plenamente reconciliados, en el hoy eterno de Dios.

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