Con su perseverancia salvarán sus almas

Noviembre 17, 2019

33˚ Domingo del Tiempo Ordinario

Lucas 21: 5-19

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos nos acercamos al final del año litúrgico y antes de proclamar la definitiva victoria de Jesucristo, Rey del Universo, el evangelio de hoy nos enfrenta con la dimensión escatológica de nuestra fe: el problema del fin del mundo. El evangelista Lucas, insiste en no dar importancia a la hipotética fecha del fin del mundo, que ni sabemos, ni, al parecer, podemos saber.

Subraya, en cambio, la finitud y caducidad de las realidades de este mundo, y nos invita a fijar nuestra atención en las dimensiones permanentes y definitivas que ya están operando en nuestra vida, y hacer la elección correspondiente.

Jesús nos advierte hoy de dos peligros asociados al trauma de la fugacidad de nuestra condición temporal. El primero consiste en pensar que las catástrofes naturales y humanas las provoca Dios para anunciar amenazante el próximo fin del mundo. Todas ellas son, simplemente, una expresión de la limitación propia del mundo que nos avisa de que no es posible poner en ellas nuestra fe y nuestra confianza definitiva. Pero esto no significa que “el final vendrá enseguida”.

Es decir, no es posible, en virtud de un supuesto inminente fin del mundo, desentenderse de los asuntos cotidianos, como, al parecer, hicieron algunos en las primeras comunidades cristianas, y a los que amonesta Pablo con severidad, con su palabra y con su propio ejemplo: seguimos sometidos a la ley del trabajo, esto es, de la responsabilidad y del compromiso con las realidades de la vida diaria, en las que precisamente tenemos que dar cuenta de nuestra esperanza y testimonio de nuestra fe.

El segundo peligro o tentación de que nos advierte Jesús es el de tratar de superar las limitaciones de nuestro mundo, pero dentro de él, instaurando ya, sea por los puros esfuerzos humanos, sea por ciertas confluencias cósmicas, el paraíso en la tierra, una nueva era de paz y armonía, en la que se eliminen o minimicen al máximo todas las causas del sufrimiento humano. Pero acomodarse a este mundo pasajero como si fuera definitivo es una solución tan falsa como lo es desentenderse del compromiso con la vida cotidiana.

Por decirlo gráficamente, si los que se inhiben de sus responsabilidades cotidianas y no trabajan no tienen derecho a comer, los que trabajan sólo para comer no podrán por ello escapar de la muerte y del sinsentido que lleva consigo.

La destrucción por causas naturales o humanas no debe infundirnos, sin embargo, miedo, pánico o desesperación. Las palabras de Jesús son, más bien, una llamada a la confianza: existen valores y bienes permanentes, que podemos empezar a adquirir ya en esta vida, que no están sometidos a la fugacidad y limitación de este mundo, y que encontramos en plenitud precisamente en Jesucristo.

Él es el único Señor y Salvador que, al adquirir la condición humana, se ha sometido ciertamente a las limitaciones físicas y morales propias de este mundo, y las experimenta en su cuerpo, hasta el extremo de padecer la injusticia de la muerte en cruz; pero ahí mismo manifiesta la victoria de la realidad que no pasa, que es el amor y la voluntad salvífica de Dios: Jesús es el verdadero y definitivo templo que atraviesa el fuego purificador de la muerte y, al superarla, se convierte en el sol que ilumina a los que creen en Él.

Sintámonos invitados a confiar, a no tener miedo, a descubrir en cada encrucijada de nuestra vida y en cada una de sus luchas, las huellas del Dios Bueno y a vivir dando testimonio de Él y de su presencia misericordiosa en este tiempo. Él nos contagia eternidad, la misma que nos regaló su Hijo en la Pascua.

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