Para Dios todos están vivos

Noviembre 10, 2019

32˚ Domingo del Tiempo Ordinario

Lucas 20: 27-38

 

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos: avanza el mes de noviembre, que comenzó con la fiesta de todos los santos, y continuó con la memoria agradecida de nuestros fieles difuntos. En muchos lugares y comunidades cristianas a este mes otoñal le da sentido el recuerdo de aquellos que ya se fueron de este mundo, así como la oración por ellos.

Sin embargo, algunas imágenes de nuestra cultura actual son caricaturas tenebrosas de esta experiencia humana que nos desconcierta. En el horizonte se nos impone una reflexión mayor, más profunda: ¿Cuál es el final que nos espera? ¿Qué hay al cruzar el umbral de esta tierra? ¿Por qué, qué sentido tienen la muerte y la vida?

La realidad es que a todos nos gustaría poder controlar el futuro. El futuro inmediato y el futuro más lejano sobre el que siempre se cierne, como una amenaza, la muerte. La realidad es que no tenemos ni idea. Nadie ha vuelto para contarnos lo que allí sucede, lo que hay más allá. Pero dentro de nosotros tenemos una fuerza, un sentimiento, que nos hace pensar que no se puede terminar todo aquí, que debe haber algo después de la muerte.

Si Dios es verdaderamente Dios, no puede dejar que nuestra vida caiga en el vacío. Si el Dios-Abbá, el Padre, del cual nos habló Jesús es algo más que una imaginación no puede ser que la muerte, la desaparición definitiva, sea la única perspectiva que tenemos por delante.

En el evangelio de este domingo queda claro que los saduceos negaban la resurrección y por eso quieren ridiculizar la creencia en ella cuando le proponen a Jesús una situación tan absurda como la de mujer casada con siete hermanos y se preguntan: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”. Pablo vive una situación parecida, cuando se puso a hablar de la vida futura y se rieron de él. Y en este mundo actual, la vida terrena parece ser lo único que importa y en ocasiones ni ésta, sólo nuestra propia vida.

Lo que Jesús deja claro, con su respuesta a los saduceos, es que nuestro Dios, es el Dios de la vida y por eso, para los que mueren, su destino no es la muerte, sino la vida. Con la muerte no acaba la vida, esta sigue adelante: “Y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección”.  No sabemos muy bien cómo será esto, la otra vida es inimaginable, distinta de la de aquí abajo. Casi todo lo que se refiere a Dios, sobrepasa nuestra inteligencia y esto nos da la posibilidad de creer o no creer, de pensar que nuestra vida siempre está en sus manos y que sus promesas se cumplen.

El argumento final que usa Jesús, está tomado de la Palabra de Dios, que leían los saduceos: “Y que los muertos resucitan, lo indicó Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”.

De esta manera, Jesús tiene un argumento que es inteligente y respetuoso a la vez: no tendría sentido que los padres hubieran puesto se fe en un Dios que no da vida para siempre.

Ahora bien, si morir, es dejar un hueco para los que vienen detrás y es el último acto de amor que podemos hacer en este mundo, esperar en la resurrección, es un acto de esperanza que proclamamos en cada Eucaristía, en la que celebramos la muerte y la resurrección de Jesús. Si Dios es el Dios de la vida, estamos convocados a vivir y a dejar vivir, a crear vida. Por tanto, que nadie se encierre en la muerte. Los cristianos confesamos que la vida no termina, se transforma.

Como dice san Pablo: que Jesucristo, que nos ha regalado esta gran esperanza, nos dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Él nos dará la fuerza y la gracia necesarias para vivir ya aquí y ahora la esperanza de vida sin necesidad de acudir a otras esperanzas falsas sino dando la mano a nuestros hermanos y hermanas para hacer juntos este camino hacia el Reino.

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