El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido

Noviembre 3, 2019

31˚ Domingo del Tiempo Ordinario

Lucas 19: 1-10

 

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos: El evangelio de este domingo nos pone de manifiesto claramente los reducidos límites hasta donde llega nuestro conocimiento del corazón humano. Con frecuencia nos quedamos en la superficie, sin alcanzar a vislumbrar la capacidad de transformación que puede llegar a tener el corazón bajo el impulso de la gracia. A partir de aquí quizá sea más fácil comprender la actitud de Jesús ante Zaqueo, y ante los pecadores y marginados en general, o sea, ante todos los que sufrían de cualquier manera.

La gente del pueblo veía a Zaqueo como un explotador. No era precisamente amor lo que sentían por él. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos el jefe de los publicanos, de aquellos que cobraban los impuestos en nombre del Imperio Romano, no era simplemente un empleado de Hacienda como en nuestros días. Los romanos tenían el estado reducido al mínimo y en lugar de tener un ejército de funcionarios subarrendaban el cobro de los impuestos.  Es decir, Zaqueo había firmado una especie de contrato por el que se comprometía a entregar a los romanos una cantidad determinada todos los años. El resto era su problema. ¿Se entiende, ahora, por qué se dice de él que era un hombre rico? ¿Se entiende por qué sus paisanos lo veían como un explotador? Estoy seguro de que hoy conocemos también por el nombre a otros tantos “explotadores”.

Pues bien, Jesús mira a Zaqueo y descubre en él otra realidad más profunda y determinante. Lo de ser explotador o rico o mala persona no pasa de ser un accidente, algo que puede cambiar y cambiará. Lo más importante es la realidad básica: Zaqueo es un hijo de Dios, es un hombre que necesita conocer la misericordia y el amor de Dios. Si bien él ha buscado la seguridad en sus riquezas, en la explotación a sus hermanos, Jesús le invita a volver a casa, a sentirse de nuevo como lo que es: hijo de Dios.

Esa cercanía provoca el cambio en Zaqueo, por lo que a partir de aquel momento devolverá con creces sus bienes a aquellos a los que había robado, compartirá lo que tiene con los pobres. Jesús le ha descubierto su ser auténtico y se siente en familia con todos sus hermanos y hermanas. Hay que subrayar, por tanto, que el cambio no ha sido fruto de la amenaza del infierno.

Tampoco Jesús ha hecho ningún tipo de denuncia profética dejando al descubierto la injusticia de su comportamiento. Jesús lo hace con los fariseos pero no en este caso. Aquí sólo se ha acercado a él y se ha auto-invitado en su casa.

Zaqueo era un hombre que había encontrado la seguridad en sus riquezas pero era también, quizá por eso mismo, un marginado social. Jesús le ha integrado en la gran familia de los hijos de Dios, esa familia que no excluye a nadie. Y lo ha hecho por una razón simple: porque Jesús ha venido a buscar lo que estaba perdido.

Tendríamos que aprender de Jesús a mirarnos a nosotros mismos y a nuestros hermanos con los mismos ojos que él nos mira.

Podemos haber hecho muchas cosas malas pero siempre seremos hijos de Dios. Nada ni nadie nos podrá quitar eso. Ni nosotros mismos. Nuestro valor no reside en lo que hacemos o no hacemos sino en el hecho de que somos fruto constante del amor de Dios. Por eso, como dice Pablo, oramos permanentemente por los demás, para que su dignidad de hijos brille siempre, para que alumbre todo lo valioso que está en nuestro interior. Para que se manifieste lo que está escondido.

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