Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

Octubre 27, 2019:

30˚ Domingo del Tiempo Ordinario

Lucas 18: 9-14

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column 

Queridos hermanos uno de los sentimientos más profundos de toda persona humana es el temor frente a la inseguridad, frente a lo desconocido, frente a lo que no controlamos. Por eso, una de las motivaciones más comunes para nuestras decisiones, para nuestros actos, es la búsqueda de una mayor seguridad. Sin darnos cuenta esa misma motivación la utilizamos en nuestra relación con Dios. Buscamos la seguridad ante él, que Dios no sea una amenaza para nuestra vida. Queremos tenerle de nuestro lado. Y tenemos la tentación de querer comprar su benevolencia, de asegurarnos de que Dios está a nuestro favor. Si tenemos en cuenta que Dios lo puede todo y lo sabe todo, ante él no hay engaño posible.  Solo hay que cumplir fielmente sus reglas y mandamientos. Solo así es que podemos estar seguros. Solo obedeciendo a su voluntad la idea de la condenación se aleja y nos aseguramos la salvación.

En el evangelio de este domingo se nos presenta la figura del fariseo que se presenta ante Dios muy seguro de sí mismo porque cumple con todas las normas y leyes. Hace incluso más de lo que está legalmente exigido. Por eso se siente seguro de poder levantar la cabeza frente a Dios. Él no es como los demás pecadores. Con todo su bagaje de cumplimiento, está convencido de que puede dirigirse a Dios de tú a tú. Y prácticamente exigirle la salvación. Ha pagado su precio. Lo normal es que obtenga a cambio lo que ahora se le debe: la salvación.

La verdad es que el fariseo no se ha enterado de nada. Se ha confundido de largo a largo. No se ha dado cuenta de que lo mejor de la vida no se compra, sino que se encuentra regalado. Para empezar, Dios nos ha regalado la vida, la libertad y la conciencia. Y, sobre todo, la capacidad de amar y ser amados. Dios nos ha regalado su amor. El amor es el verdadero caldo de cultivo de la vida, de la felicidad, de la salvación. Y el amor siempre se regala. Nunca se puede comprar. Ni con todo el oro del mundo. Ni con todos los sacrificios ni misas ni rosarios ni ayunos ni oraciones ni…

El publicano, por su parte, tiene conciencia de que no merece nada. Es un superviviente de la vida. Ha chapaleado en el barro tratando de mantener la cabeza fuera. No tiene ningún título ni privilegio que poner en la presencia de Dios. Sabe que sólo puede esperar y confiar en la compasión y en la misericordia del que le regaló la vida. Por eso se sitúa atrás, al fondo de la sinagoga y mantiene los ojos bajos. Sólo confía y espera. No tiene nada. Pero, precisamente por eso, sólo él puede experimentar la gratuidad del amor de Dios, que le sigue bendiciendo con la vida y abriéndole caminos de esperanza y de perdón. La paradoja está en que es el fariseo el que encuentra la salvación, la justificación ante Dios, mientras que el fariseo se va con las manos vacías. O mejor, se va con las manos llenas de muchos actos religiosos pero vacías de Dios.

La experiencia básica de la fe cristiana es el encuentro gratuito con Dios y con su amor manifestado en Cristo. Ese amor transforma la vida de la persona, le capacita para amar y para vivir agradecida. Todo lo que viene luego – cumplir las normas, participar en la Eucaristía, ponerse al servicio de los hermanos más necesitados – no es una forma de conseguir méritos ante Dios sino expresión y comunicación del amor sentido y experimentado, del amor recibido de Dios. El publicano volvió a su casa capacitado para amar porque se dejó llenar por la misericordia y la compasión de Dios. El fariseo volvió a su casa dispuesto a seguir cumpliendo normas y leyes que le dejaban siempre en un callejón sin salida en el que nunca se encontraba de verdad con el Dios del Amor y de la Vida. ¿Con cuál de estos dos personajes y actitudes se identifica mi vida?

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