Hijo recuerda que recibiste tus bienes en vida

Septiembre 29, 2019

26˚ Domingo del Tiempo Ordinario

Lucas 16: 19-3

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos en el evangelio de este domingo el evangelista Lucas nos presenta la parábola del hombre rico y Lázaro, que nos pone en contacto con el gran peligro que conlleva el egoísmo, o sea, la destrucción del elemento más importante de la creación de Dios, el ser humano. Esto es algo que irrita tremendamente a Jesús, que además advierte que la consecuencia de nuestro egoísmo repercute directamente en nosotros ya que nos priva de lo que verdaderamente puede hacernos plenamente felices, es decir, el compartir lo que tenemos y lo que somos por puro amor.

Los bienes de este mundo nos dan placer y gusto. Con ellos disfrutamos más. O eso nos parece. O de eso nos intenta convencer continuamente la publicidad que nos rodea por todas partes. Se nos asegura que usando el coche A o el perfume B o la ropa C vamos a ser más felices, los demás nos van a respetar más, etc. En definitiva, se supone que los bienes nos dan la seguridad de que carecemos. Sentirnos respetados y admirados por los demás, tener un estatus en la sociedad, disponer de los recursos necesarios para satisfacer nuestras necesidades y deseos, todo eso nos hace sentirnos seguros y confiados. 

Los pobres en este mundo son los que carecen de todo eso. Tienen nada o muy poco. Carecen de seguridad y no disponen de los recursos que les permitirían labrarse un futuro mejor y más seguro. Entre los pobres y los ricos se abre así una gran brecha. Es lo mismo que se ve en la parábola. Pero es una distancia ampliada. Me explico: en la primera parte de la parábola se ve la distancia que hay entre el rico que banquetea todo el día espléndidamente y el mendigo que está echado en el portal, cubierto de llagas. Pero esa distancia se encuentra también en la segunda parte de la parábola. Ahí nos encontramos con que la suerte ha cambiado. Lázaro está en el seno de Abrahán. Ha ido al cielo. En ningún momento se ha dicho que fuera santo ni bueno ni virtuoso. Simplemente se dice que la suerte se invierte en el otro mundo. Al que le tocaron males en este, le tocan bienes allá. Y viceversa. Porque encontramos que el rico también ha muerto, pero le ha tocado en suerte el descenso al infierno con todos los padecimientos que eso comporta. 

La distancia sigue siendo grande pero no tanto que impida el diálogo entre el rico y Abrahán. El rico pide consuelo, en primer lugar, para él –una gota de agua que le refresque– pero sin obtenerlo. Abrahán es duro en su respuesta. No hay nada que recibir puesto que ya recibió todo en vida. Y además se nos aclara otra cuestión: la distancia en el más allá entre arriba y abajo, entre el cielo y el infierno, no es tanto como para impedir la comunicación verbal o visual, pero si como para que nadie pueda cruzar el abismo inmenso que separa las dos partes. Ahí es donde el rico empieza a pedir que se les avise a sus hermanos que llevan el mismo camino que él. Abrahán vuelve a ser duro en su respuesta: ya tienen a Moisés y a los profetas. Ni un muerto resucitado les haría cambiar de vida. 

No hay mucho más que decir. Estamos aquí y ahora. Nos ha tocado arriba o abajo. Posiblemente eso no depende de nosotros. Pero de nosotros depende salvar ese abismo mientras que es franqueable. Hoy y aquí podemos dejar el banquete y acercarnos a los que les ha tocado la peor parte y comenzar una nueva historia en la que se difuminen las fronteras. Tenemos que preguntarnos en qué, dónde, hemos puesto nuestra confianza. Y aceptar el consejo de Pablo. Más nos vale practicar la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… Todo eso es lo que nos abre al hermano, lo que rompe las distancias. Esa es nuestra tarea aquí y ahora. Eso es el Reino de Dios. Y es urgente.

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