Cuando entren en una casa, digan primero: ‘Paz a esta casa”

Julio 07, 2019

14˚ Domingo del

Tiempo Ordinario

Lucas 10: 1-12.17-20

 

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

 

Queridos hermanos el evangelio de este domingo nos recuerda que la misión fundamental del discípulo de Cristo consiste en anunciar el reino de Dios y eso se concreta en un anuncio sencillo: el anuncio de la paz.

Los discípulos de Jesús, por tanto, son enviados a anunciar el Reino, son enviados a anunciar la paz. En la práctica podemos decir que es lo mismo una cosa que otra porque la verdadera paz no es sólo la ausencia de guerra sino la justicia y la fraternidad vividas y experimentadas. Y la justicia y la fraternidad tienen mucho que ver con el Reino de Dios.

Hay en el Evangelio prácticamente un paralelo entre la primera parte donde Jesús les pide a los discípulos que anuncien la paz y la segunda parte en la que se habla del Reino de Dios.

En la primera, se dice que deben desear la paz y que, si los de la casa no la reciben, la paz volverá a los discípulos.

En la segunda, se habla de la cercanía del Reino. Si nadie acoge el mensaje, los discípulos se deberán ir a otro lugar, pero recordándoles a sus oyentes que el Reino está cerca.

La paz y el Reino se anuncian de la misma manera: en sencillez, en simplicidad (como ovejas en medio de lobos), en pobreza de medios (ni bolsa, ni alforja, ni sandalias).

Sólo hay que llevar las manos abiertas y regalar el mensaje, compartiendo lo que se tiene: el cansancio, la vida, la comida, la esperanza, el amor. … Entonces descubriremos que hacer de este mundo un lugar mejor para vivir – sin marginaciones de ningún tipo, sin excluir a nadie, sin odio, sin violencia – no es tan difícil.

Basta con salir de la coraza defensiva de que nos solemos cubrir y abrir la mano al hermano. A partir de ahí la paz y el Reino se harán presentes en nuestras vidas. Y brotará la alabanza al Dios de la paz y de la vida.

Ahora bien, es importante tener en cuenta un pequeño detalle: anunciar la paz y el Reino tiene poco que ver con anunciarnos a nosotros mismos.

No se trata de ser nosotros el mensaje sino los mensajeros, como nos recuerda Pablo cuando afirma: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Jesucristo”.

La verdadera paz nos viene regalada cuando abrimos nuestras manos al don de Dios. Cuando anunciamos a Jesús con nuestras obras y con nuestras palabras – siempre mejor más de lo primero que de lo segundo – entonces se produce el milagro de la paz.

Y el Reino se hace presente en nuestras vidas. Y se abre un resquicio para superar la violencia fratricida, esa amenaza de muerte permanente para la humanidad a lo largo de su historia.

Por ejemplo, la ONU y sus cascos azules son uno de los mayores pasos dados por la humanidad en el camino de la paz, pero no son exactamente mensajeros de la paz evangélica. No resuelven de verdad los conflictos. No restablecen la justicia.

A veces, muchas veces, se limitan a interponerse entre los combatientes para evitar que se sigan matando. O simplemente cuentan y anotan en sus informes las violaciones al alto al fuego, pero sin intervenir ni siquiera ante la muerte de inocentes.

A veces son ellos mismos causa de mayores conflictos. Sin embargo, son un gran paso adelante en la dirección correcta y un motivo para dar gracias a Dios, pero sobre todo para nosotros, es un buen momento para reflexionar sobre la situación actual de mi barrio, de mi ambiente de trabajo y de aquellas personas que Dios va poniendo en mi camino y preguntarme: ¿Qué estoy haciendo por ellas? ¿Qué imagen de Jesús les estoy haciendo llegar? ¿Qué podemos hacer nosotros para ser mensajeros del anuncio evangélico de la paz y del Reino?

Dios nos ayude en esta tarea.

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