Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Por Padre Manuel Solorzano, Guest Column

Queridos hermanos: en este final de la Cuaresma, a punto ya de entrar con Jesús en Jerusalén y revivir con Él su misterio pascual, la liturgia insiste en el tema de la misericordia y nos presenta una escena terrible donde una mujer está a punto de ser linchada.

   Algunos, de los que se dicen líderes del pueblo, han hecho de jueces y han determinado que debe ser condenada a muerte. Hay que apedrearla. Y la multitud está dispuesta participar. Nadie se sentirá culpable. Total, una piedra más seguro que no es el golpe definitivo. Es sólo uno más.

Luego, una vez que pase el subidón de adrenalina, cuando todos chillan a la vez y se sienten fuertes y capaces de todo simplemente porque están juntos, se retirarán más bien avergonzados. Apenas unos pocos seguirán convencidos de que han hecho bien. Muchos preferirán no hablar del asunto. Se han dejado llevar por la masa sin darse cuenta de lo que hacían.

Podemos estar hablando de la mujer adúltera pero también de tantas personas que son linchadas todavía hoy en nuestro mundo. La fuerza de la masa es incontenible. Y no se trata sólo del linchamiento físico sino también del linchamiento verbal, que excluye y margina, que mata casi tanto como el otro.

La verdad es que nos encanta ser jueces, jurados y verdugos. Todo al mismo tiempo.

Siempre estamos preparados a dar nuestra opinión sobre el comportamiento o las actitudes de éste o del otro.

Miramos a sus ojos y no vemos una persona sino el objeto de nuestro juicio. Siempre tenemos claro lo que habría que hacer. Y no nos solemos decantar por el lado de la misericordia. Nuestros juicios suelen ser duros y terminan con facilidad en la condena.

Jesús aparece en escena y su actitud es diferente. Primero de todo, mantiene su libertad. No se alinea con la masa. No se deja llevar. No intenta hacerse el simpático. Más bien, busca una manera de salvar a aquella persona. Parece que lo que menos le importa es que sea culpable o no. Lo suyo es salvar no juzgar ni mucho menos condenar.

Logra detener a aquellos exaltados que se sentían autorizados por la ley de Moisés y lo hace recordándoles que el mundo es una gran comunidad de pecadores y ése es un punto que no debemos olvidar también nosotros. Todos somos pecadores. Todos somos frágiles. Nadie es perfecto.

Claro que hay diferencias entre unos y otros, pero, son de cantidad más que de cualidad. Al final, todos estamos necesitados de la misericordia de Dios. Todos necesitamos de la mano amiga que nos levante del laberinto de miseria en que estamos perdidos. El amor de Dios nos crea, nos regala la vida y el amor que necesitamos, para llegar a ser personas en toda la amplitud de la palabra.

Por tanto, lo importante para Jesús es lo que hay por debajo, la verdadera realidad de la persona: nuestro ser hijos e hijas. Por eso, cuando se encuentra a una persona su objetivo es salvarla, dignificarla, invitarla a que viva según la dignidad que tiene por nacimiento, por don de Dios. Jesús inaugura una nueva etapa en la historia del mundo: la etapa de la misericordia.

Nada es importante frente al conocimiento de Cristo que nos hace mirar la realidad de una manera nueva, que nos invita a vivir como hijos e hijas de Dios. No somos perfectos.

Estamos en camino. Pero sabemos que, para alcanzar la meta, para ganar el premio, el camino es el de la misericordia, la cercanía, la piedad, el cariño, la reconciliación.

El camino es valorar a la persona por lo que es y no por lo que aparenta. Ni siquiera por lo que la persona ha podido hacer de sí misma, como fruto de su comportamiento. Los hijos e hijas de Dios siempre tienen y tendrán un puesto a la mesa. Nosotros no estamos para excluir sino para acoger, recibir y acomodar.

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