‘Alégrense ese día y salten de gozo: porque su recompensa será grande en el cielo’

Febrero 17, 2019
6˚ Domingo del Tiempo Ordinario
Lucas 6: 1, 20-26

Queridos hermanos: en este domingo el evangelista Lucas nos pone en contacto con su versión de las Bienaventuranzas, uno de los textos más impresionantes de la historia de la humanidad, por el que muchos han dado su vida y por el que otros han detestado al cristianismo y a Jesús de Nazaret. 

El texto es escueto, lógico, radical. Lucas nos ofrece las bienaventuranzas en el contexto del sermón de la llanura, cuando toda la gente acude a Jesús para escucharlo; no es un discurso en la sinagoga, en un lugar sagrado, sino al aire libre, donde se vive, donde se trabaja, donde se sufre.

Es un discurso catequético; por lo mismo, Lucas estaría haciendo una catequesis cristiana, como Mateo lo hizo con el sermón de la montaña. Entre uno y otro evangelista hay diferencias. 

La principal de todas es que Lucas nos ofrece las bienaventuranzas y a continuación las lamentaciones como lo contrario en lo que no hay que caer. 

Otra diferencia, también, es que en Mateo tenemos ocho y en Lucas solamente cuatro bienaventuranzas. Sobre su significado se han escrito cientos de libros y aportaciones muy técnicas. ¿Son todas inútiles? ¡No!, a pesar de que sintamos la tentación de simplificar y de ir a lo más concreto. 

El evangelista deja claro que Jesús hablaba así y de esa manera habló al pueblo, a la gente. Además, Jesús piensa y vive desde el mundo de los pobres y piensa y vive desde ese mundo para liberarlos. El pobre es quien no tiene alimento, casa y libertad, y en el Antiguo Testamento es el que apela a Dios como único defensor. Esa es una realidad social, pero a la vez es una realidad teológica. Es en el mundo de los pobres, de los que lloran, de los perseguidos por la justicia, donde Dios se revela. Y lógicamente, Dios no quiere, ni puede revelarse en el mundo de los ricos y del poder. 

El Reino que Jesús anuncia es así de escandaloso. No dice que tenemos que ser pobres y vivir su miseria eternamente. Quiere decir, sencillamente, que si con alguien está Dios inequívocamente es con el mundo de aquellos que los poderosos han maltratado, perseguido, calumniado y empobrecido. Las lamentaciones, pues, nos recuerdan que no podemos intentar o pretender encontrar a Dios en las riquezas, en el poder, en el dominio, en la corrupción; allí solamente encontraremos ídolos de muerte.

La teología ha sabido expresar estas vivencias para dar esperanza a los pobres del Tercer Mundo. Y la verdad es que la fe más evangélica la siguen viviendo los pobres que creen; mientras que los pueblos más ricos y poderosos están cada vez más descristianizados. Es el mundo de los pobres y de las miserias, el que más espera en Jesucristo; en el mundo de los poderosos habita, por el contrario, un gran vacío. El evangelio de este Domingo, pues, nos propone dos horizontes: un horizonte de vida y un horizonte de muerte. ¿Dónde encontrar a Dios? Todos lo sabemos, porque la equivocación radical sería buscarlo donde Él ha dicho que no lo encontraremos. 

La luz no es lo que se ve, pero es aquello que produce el milagro para que veamos. Y las bienaventuranzas de Jesús son la luz de su predicación del Reino. Con las bienaventuranzas se hará posible ver a Dios; desde el mundo de las lamentaciones nunca encontraremos al Dios verdadero, aunque Él no rechace a nadie. 

El mundo de las bienaventuranzas nos impulsa a confiar en un Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos y, por eso mismo, a cada uno de nosotros nos resucita y resucitará. 

A ese Dios ya sabemos dónde debemos buscarlo: no en la ignominia del poder de este mundo, sino en el mundo de los pobres, de los que lloran, de los afligidos y de los que son perseguidos a causa de la justicia: ahí es donde está el Dios de vida, el Dios de la resurrección. Y esto es así, porque Dios ha hecho su opción, y un Dios con corazón solamente puede aparecer donde está la vida y el amor.

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