“ … ningun profeta es bien recibido en su propia tierra”

4˚ Domingo del Tiempo Ordinario
Lucas 4: 1-4; 4:-21-30
Febrero 3, 2019

Queridos hermanos: el evangelista Lucas nos presenta la continuación del pasaje del domingo pasado, en el cual Jesús presentaba su programa y dejaba como impronta su frase: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de escuchar”. 

En un primer momento, todos parecen estar de acuerdo en eso de la liberación de los pobres, el Año de Gracia y el anuncio de la Buena Noticia, pero en seguida llegan los desacuerdos: “¿No es éste el hijo de José?”, el hijo del carpintero. “Y Jesús les dijo: Sin duda me recitarán aquel refrán: Médico cúrate a ti mismo: haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Sin duda ellos esperaban un Mesías todopoderoso y milagrero.

Jesús les deja saber que no piensa como ellos y les pone dos ejemplos de extranjeros: la viuda de Sarepta en el territorio de Sidón y Naamán el sirio, y les recuerda que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Ante aquello se pusieron furiosos y le llevaron hasta un barranco a las afueras del pueblo, con intención de despeñarlo. La visión de Jesús, universal, amplia, que pide la liberación de los oprimidos, restaurar el Año de Gracia, le llevará a la muerte y este es el primer intento. Ayer como hoy, el camino del amor, de la justicia, en definitiva, el camino de la fe, le cuesta abrirse paso en nuestro pensamiento y en nuestros actos.

Será el amor, como les dice San Pablo a los Corintios, el sustento de todo: “Si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Si no tengo amor no soy nada. Si no tengo amor de nada me sirve”. Con frecuencia olvidamos que para que el hombre tenga fe en Dios, es bueno que empiece sintiéndose hombre, varón y mujer. El amor nos habla de encarnación, de punto de partida para asumir la obra salvadora de Dios, asumir su anuncio de liberación. Sin amor es difícil entender la frase “Hoy se cumple …”, es difícil estar con y por los pobres y esperar un mundo mejor.

   Nosotros también, como Jesús, encontraremos resistencia en esta empresa. Nos conocen, saben nuestros pecados, nuestras contradicciones y aunque no nos despeñen, muchos pensarán: ¿qué puede aportarme este que es uno como yo? Debemos aceptar todos los riesgos e incoherencias que hay en nosotros, pero sabiendo que nos han escogido y en ocasiones a pesar de todo, no tenemos más remedio que proclamar la Buena Noticia del Evangelio a los pobres y necesitados.

La vida de los que siguen fielmente a Dios está en sus poderosas manos. Ello no significa que Dios preserve a los profetas de todo sufrimiento. Sabemos que cuando llegó su hora, Jesús padeció en la Cruz.  

Muchos cristianos han muerto mártires, y lo mismo pasó antiguamente con algunos profetas. Pero su sufrimiento no ha sido estéril, porque Dios lo hizo fértil. 

Jesús, con su muerte, nos redimió y nos abrió las puertas de la resurrección. El martirio de los cristianos es el mejor testimonio de la verdadera fe, y el sufrimiento de los profetas sigue teniendo un gran valor. Sin pasión no hay resurrección. Quien no es capaz de sufrir problemas a causa del Evangelio, tampoco experimentará en esta vida la felicidad de vivirlo.

De esta manera, la coherencia al Evangelio no hay que vivirla ciegamente ni debemos sufrir por Cristo por obligación, sino por amor.

Es más, si seguimos el Evangelio por miedo a no ser castigados, entonces no es el Evangelio lo que estamos siguiendo, porque su fundamento es el amor, no el miedo. 

En definitiva, el amor es lo que ha de movernos a ser coherentes con lo que Dios nos pide: sólo así podremos sobrellevar las penas y sufrimientos que ello conlleva, y sólo así llegaremos a convertirnos al Evangelio y a resucitar a la vida eterna.

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