‘Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos’

Deciembre 9, 2018:
2do Domingo de Adviento
Lucas 3:1-6

Queridos hermanos:  El texto evangélico de este segundo Domingo de Adviento se abre con la presentación de Juan el Bautista en un contexto histórico preciso que nos ayuda a ubicar el momento en que el profeta, un hombre muy poco convencional y ubicado muy lejos de los centros del poder político y religioso, recibe el mensaje de Dios e invita a un bautismo de conversión.

Esta lejanía del poder, presenta a Juan con estilo profético, resaltando así el contraste entre la solidez institucional, política y religiosa del momento, con la sencillez austera y el silencio del desierto, marcando el ocaso del tiempo de Israel, y preparando el de la comunidad que llegará hasta el final de los tiempos y que inaugura Jesús. 

Si hay una idea que dé continuidad y coherencia a la liturgia de este Domingo es la frase de Isaías que Lucas atribuye también a los propósitos de Juan el Bautista: “Preparen el camino del Señor”. 

El Señor viene a nosotros como un don, un regalo del Padre. A nosotros nos toca acogerlo con gratitud y corresponder con nuestra colaboración para hacerlo fructificar. Es un camino gozoso, en el que hemos de estar con lo mejor de nosotros mismos, un camino que preparamos con el amor que nos ayuda a discernir los valores y a apreciarlos, un camino lleno de opciones para que todos vean y celebren la salvación que Dios nos ofrece en el humilde y esforzado profeta de Nazaret.

Preparar “el camino del Señor” no fue sólo la vocación de Juan el Bautista. En realidad, es lo que nos toca hacer a cuantos creemos y esperamos que Él se acerque a nosotros. Es bonita la idea de “preparar el camino”. Una hermosa alegoría de ese ir tomando opciones en la vida que la aproximen a la venida, al paso del Señor.

Los caminos son muchos y no siempre conducen a lugar seguro. Hay caminos imaginados, pero no reales por los que podamos transitar. Hay caminos tortuosos donde los caminantes se fatigan en exceso o resultan heridos. Hay caminos que se pierden y nos dejan solos y desorientados. 

Hay caminos que se desdibujan y no llevan a parte alguna. Y lo que es más importante: hay personas que pueden hacer confiadamente su camino, personas que no encuentran su camino, personas que se quedan en el camino.

El camino del Señor es un camino que conduce a la salvación, un camino que podemos y debemos hacer juntos y en el que debemos hacer un sitio a los que se pierden y a los que excluimos. Jesús dijo de sí mismo que Él era el camino y la verdad y la vida: la luz del camino y su espléndido final.

Ahora bien, ¿Cómo hacer hoy para preparar ese camino del Señor? 

Cada momento de la historia tiene sus propias demandas y posibilidades. Pero en el oráculo del viejo Isaías se nos siguen dando pistas para nuestra creatividad: allanar los senderos, o sea, facilitar el fatigoso peregrinar de los humanos; elevar los valles, es decir, confortar a quien se siente deprimido y necesitado de horizontes en la vida; hacer descender los montes y colinas,  porque sólo se puede caminar juntos si somos iguales y pacientes con los más lentos y agradecidos a los más veloces; que lo torcido se enderece, porque no todo es recto en nuestro mundo y no podemos callar ante lo que causa sufrimiento y desesperanza; que lo escabroso se iguale,  porque todo lo que es abrupto y violento exaspera a los otros, está reñido con el amor.

Con ese empeño cotidiano, en la vida personal y social, se irá haciendo ver la salvación de Dios. Así el Adviento nos preparará a algo más que a un rito repetido, a la compulsión del consumo o a las nostalgias de la niñez y la juventud. Nos preparará a comprometernos en desbrozar los caminos del Señor en esta vieja tierra.

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