Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas

Dios es Amor
Noviembre 4, 2018
31 Domingo del Tiempo Ordinario
Marcos 12: 28b-34

Queridos hermanos: desde hace algún tiempo atravesamos una época de crisis con relación al tema del amor, por lo que pudiera parecer absurdo preguntarse por el sentido de amar y ser amado. 

Quizá, si hiciéramos una encuesta sobre amar, estaría llena de ítems que matizarían las respuestas, porque su concepto ha cambiado a lo largo de la historia y las situaciones culturales y económicas.

Sobre todo, por el egoísmo social y personal con el que nos hemos conducido. 

Sin embargo, es un hecho que sufrimos por la ausencia del amor, y sufrimos por los problemas que surgen a la hora de amar, e incluso sufrimos por nuestra idea equivocada o incoherente sobre lo que es el amor.

Lo cierto, es que hace falta que volvamos a creer en el Amor y en nuestra capacidad de amar y recibir amor. 

Pero también, no sólo hay que recuperar la fe en el amor, sino creer en un amor de fe, aquello que somos capaces de amar por la fe, aquel amor que despierta la fe. 

Es importante, que no sólo necesitemos comprender el amor, por su ausencia, sino que comprendamos también que necesitamos reeducarnos y volver a un sentido nuevo y distinto del valor de amar, porque hemos equivocado la idea, el pensamiento, la actitud y la comprensión de la experiencia de lo que es amar. 

Y por los sufrimientos, lo hemos relativizado tanto, que nos cuesta reconocer nuestra fragilidad: nuestra necesidad de amar o nuestra necesidad de ser amados.

Y podemos hacerlo, a través del evangelio de este domingo, cuestionándonos algo muy simple: ¿Por qué no amar lo que Dios ama en mí?

Jesús, en el Evangelio de Marcos, no sólo contesta a la pregunta de un letrado sobre ¿Qué mandamiento es el primero de todos? 

Sino que ha dejado una cosa clara: el amor a Dios y el amor al prójimo no tiene “esencias” distintas. 

El amor, en el Nuevo Testamento es de un “peso” extraordinario que no queda ni en “eros”, ni en “amistad”. 

Es un amor de calidad que tiene que ser el mismo para Dios y para los hombres, aunque los mandamientos se enumeren en primero y segundo.

Esta sería la ruptura que Jesús quiere hacer con la discusión de los letrados sobre el primero o el segundo, sobre si el prójimo son los de “mi pueblo” o no.

Porque no sería una novedad que Jesús simplemente subrayara una cosa que se repetía hasta la saciedad.

El que se añada el segundo mandamiento de amor el prójimo, viene a ser lo original; porque con ello se ha revelado que el amor a Dios y el amor el prójimo, lo más importante de la vida, son un solo mandamiento.  

Porque no hay dos tipos de amor, uno para Dios y otro para el prójimo, sino que con el mismo amor amamos a Dios y a los hombres.

Lo que el evangelio de hoy quiere poner de manifiesto, por tanto, es que el amor a Dios debe también ser amor a los hombres. 

Muchos se contentan con decir que aman a Dios, pero muchas veces se encuentran razones para no amar al prójimo. 

Aquí es donde el evangelio se hace novedad maravillosa para todos los seguidores de Jesús y para todos los hombres. 

Se pueden sacar las consecuencias, siguiendo la carta a los hebreos, que nos recuerda que, si Jesús ha ofrecido un sacrificio eterno y si no son necesarios los sacrificios rituales a Dios, es porque Jesús ha hecho posible la religión del amor, pero no solamente a Dios, sino a todos los hombres. 

Eso es lo que identifica al Dios verdadero de los dioses falsos: quiere ser amado en los hermanos. 

Es eso lo que el autor de la primera carta de Juan pone de manifiesto en su teología de que Dios es amor y no podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos. 

Pero esta teología la puso en marcha el profeta de Galilea, Jesús de Nazaret … y por ello dio la vida.

Que el amor que Dios nos tiene nos impulse a recuperar la capacidad de amar y ser amados.

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