Quien quiera ser el primero, que sea … el servidor de todos

Padre Manuel Solorzano, Clarion Herald Guest Column

Quien quiera ser el primero, que sea … el servidor de todos

Septiembre 23, 2018
25 Domingo Tiempo Ordinario

Marcos 9:30-37

Queridos hermanos: el evangelio de este domingo nos muestra un segundo paso de Jesús en su camino hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos. El maestro sabe lo que le espera; lo intuye, al menos, con la lucidez de un profeta: le espera la pasión y la muerte, pero también la seguridad de que estará en las manos de Dios para siempre, porque su Dios es un Dios de vida. 

Este segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús lleva implícita una censura a los discípulos, interesados solo en saber quién de ellos era el más importante. Esto les interesaba más que lo que el Señor acababa de decirles a propósito de su pasión, muerte y resurrección.  Lo que el Maestro les enseña no les interesa, es decir, no quieren entenderlo. El evangelista Marcos afirma que a los discípulos les daba miedo preguntar a Jesús sobre el asunto. El Señor, en cambio, les pregunta directamente: “¿De qué discutían por el camino?” Notemos la reacción de los discípulos: primero, no entendían; segundo, les daba miedo preguntarle; tercero, no se atreven a responder a la pregunta de Jesús.

Jesús percibe claramente el riesgo de división que amenaza a la incipiente comunidad de sus discípulos y centra la enseñanza que sigue al segundo anuncio de la pasión en el tema de la comunidad servidora, que ha de regirse por el amor traducido en servicio fraterno. Era importante que sobre los que iba a recaer la responsabilidad de anunciar el evangelio a todos los pueblos, entendieran perfectamente qué tipo de autoridad había de practicarse en las comunidades congregadas en el nombre del Señor, que es muy distinta a la que ejercen los jefes de las naciones y los poderosos. Jesús les propone la actitud del servicio como auténtico rasgo distintivo de la identidad cristiana.

El Señor simplemente trata de colocar las cosas en su sitio, como ya había hecho con Pedro previamente cuando le reclamó fuertemente su actitud luego del primer anuncio de la pasión,  distinguiendo entre el pensar a modo humano y el pensar a modo divino: humanamente, ambicionamos prevalecer sobre los demás, destacar, ocupar el primer puesto. 

Tenemos de todo y ya no nos cabe nada, queremos tener más que los demás, más dinero, más fama; el poder y el disfrutar se están convirtiendo en el horizonte y meta de muchas vidas; pero, la lógica que propone el Señor es totalmente diversa: para ocupar el primer puesto hay que ponerse al servicio de todos y pasar por ser el último de todos.

Esto se entiende muy bien, pero nuestra pretensión humana es reacia a aceptarlo, porque implica el compromiso de hacer como Jesucristo, que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45). En hacerse servidor de los otros, radica el señorío y el gozo. Grande es aquel que, en actitud de servicio, se interesa por el bien del prójimo, por eso la grandeza del discípulo se mide por la calidad del servicio que presta a los más indefensos, a los que no cuentan, a los más frágiles y abandonados.  Toda una lección para nosotros ser los últimos en los honores y los primeros en el servicio.

Jesús nos invita, por tanto, a adoptar su perspectiva: a cambiar radicalmente de criterios y de valores, apreciando lo pequeño, lo sencillo, lo que generalmente no cuenta. Es, pues, una llamada a mirar la vida con sus ojos y a colaborar en la construcción de unas relaciones humanas y cristianas, basadas en el servicio a los más débiles. Y el lugar adecuado para aprender a servir así, quizá se encuentre ahí donde están los últimos, los que lo han vivido siempre.

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